Los tiempos del parásito

hasta cuando los de abajo vamos a esperar, lo que los de arriba van a dejar

Dueños de todas las cosas, también pretenden apropiarse del sentido común y del imaginario colectivo. Para ese objetivo, mantienen firme su alianza con las grandes corporaciones de la prensa hegemónica y utilizan el influjo de comunicadores para inocular, cada día y a toda hora, el veneno del odio y el miedo. Nada fortalece más a esta gestión de gobierno y a su lógica individualista, «meritócrata», que el miedo y el odio. Gobiernan a partir de estos factores. Construyen poder sustentados en esos estados de ánimo.

Insisten en el saqueo de un país apoyados en la impunidad de esa lógica, tan elemental como efectiva. Son patrones, gerentes y estancieros, ya lo sabemos bien, con los resortes del Estado en sus manos. Es decir, con la capacidad y la ventaja de utilizar el Estado para hacer negocios y beneficiar a sus aliados y sus cómplices.

Son mentirosos, explotadores, opresores y defienden sus intereses de un modo transparente y descarnado. Son el hambre y el desempleo para las y los trabajadores. Son la cacería policial en los barrios humildes y la estigmatización de los pibes pobres. Son la desesperación y la exclusión para los jubilados y los marginados. Son la promesa inalcanzable para un sector social que sueña con pertenecer, con ver al otro en la banquina de la realidad, con resguardar sus propiedades de cualquier riesgo eventual. Son la voz de los vecinos que sueñan con policías en sus esquinas y con un país uniformado. Son referencia de un patriarcado que oprime a la mujer y la empuja, desde hace mucho tiempo, a la extendida telaraña del machismo arraigado en la sociedad. Son el racismo y el odio de clase dirigiendo los destinos de un país, son el enemigo histórico del laburante que produce riquezas y es explotado por patrones como ellos. Son parásitos con la destreza de hacer emerger, de lo más profundo del resentimiento y del miedo, lo peor de cada uno. Son metáfora del presente de linchadores en patota, de opinadores que limitan su discurso a repetir ideas ajenas, de odiadores cegados por una violencia fascista que perturba. Son síntesis de un país quebrado, entre ellos, los dueños de todo, y los demás, los dueños apenas de su fuerza de trabajo.

Ellos, los parásitos. Ellos, los saqueadores. Ellos, los abanderados de las universidades para pocos, los señores que cierran hospitales y escuelas mientras inauguran cárceles para jóvenes, los patéticos servidores de la divinidad capitalista que apuesta a exterminar de hambre a la mitad de la población. Siempre será conveniente no olvidar las lecciones que deja este presente: los parásitos no llegaron a este lugar de privilegio gracias, solamente, a sus virtudes. Lo hicieron por una matriz de desencanto, cansancio y profundos errores. Lo hicieron taladrando de modo sistemático la conciencia de millones de televidentes. Lo hicieron ocupando espacios vacíos, escuchando las voces de sentido común y frases hechas de un electorado moralmente quebrado. Lo hicieron pisoteando derechos adquiridos, burlándose de luchas que nos definen, distorsionando la historia y aportando una mirada social más cercana a la autoayuda y la chantada de la superación individual. Son parásitos, y el daño que han generado es enorme. Conviene tatuarse las lecciones aprendidas en este etapa de retroceso. No olvidarlos, ni a los parásitos ni a los dispositivos que utilizaron para transformar el presente en esto que nos pasa.

Foto: Matanza Viva Fuente: R. Sudestada

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